Sonríe mientras escribe

Las mejores aventuras no tienen final

después de eso

Estoy sentado sobre la raíz del árbol número veintidós respirando del aire fresco que pasea sobre las facciones de mi rostro. Aprovecho de este tiempo de completa soledad para encontrarme conmigo mismo y la naturaleza que me vio crecer. Abro la libreta y empiezo a escribir. Justo después de redactar la primera línea de esta corta historia, el carboncillo se quiebra. No puedo escribir más que esa frase. Esa frase describe lo que siento. Describe esos momentos tan cortos que siempre vivimos y no entendemos el porqué. El porqué de nuestra forma de mirarnos, el porqué de nuestros dementes corazones, el porqué de nuestra falsa actuación días después de eso. Me cuesta entender como aún así nos hacemos llamar amigos. Porque eso, claro lo tenemos. Nos lo dijimos esa vez, después de eso. Pero me gusta ser tu amigo, me gusta lo que hacemos. Me gusta reirme junto a tu sonrisa. Me gusta decirte como te veo. Pero hoy te vi diferente. Te vi pensando, te vi evitanto mi mirada. Te vi mirando mientras yo no miraba. Te ruego, dime por favor qué sucede. Qué sucede cuando me miras, qué piensas, qué imaginas. Somos tan diferentes que cremos entender el porqué. Pero no sabemos si lo compartimos. A veces siento que quieres demostrarme una parte de ti que no conozco pero, de pronto, mi mente me muestra que lo que haces no es realidad. Solo quieres darme un mensaje. Y cuando estoy a punto de descifrarlo, pasa eso. Volvemos al inicio, a aquél día en que ya no hablamos y nos sentimos raros estando frente al otro. Sonriendo, sin pronunciar palabra. Después de eso.

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amigos

Realmente no sé cuando sucedió, mentiría si diese una fecha exacta. Camino solo y sigo tratando de entender cómo fue que sucedió. Estábamos acostumbrados a ser muy unidos. Me dio razones que creí quizás sean la respuesta a todas mis preguntas. Pero no lo hicieron. Pienso, mientras al mismo tiempo trato de distraer mi mente, para no sentir tristeza. Tristeza de no saber exactamente a dónde fue esa “amistad” que solíamos tener. Fingíamos ser amigos, pero no lo éramos. Fingíamos ser más que eso, pero tampoco éramos tan buenos artistas como para confundir a los individuos que caminan sobre esta tierra sobre lo que somos. Tengo un marcador en la mano izquierda, con el que pensaba escribirle una carta, pero no tengo palabras para decirle. Simplemente no se me ocurre que decirle. Cuando antes podíamos escribir ensayos completos sobre nuestra relación sin necesidad de ponernos sentimentales. ¿Extrañar? Esa palabra no se encuentra en mi diccionario. Pero sí lo hago y a la vez no. No tengo claro como será volver a verle y tampoco creo estar psicológicamente preparado para ese momento. Ya no siento esa comodidad que sentía mientras le hablaba, todo es tan diferente. Ya no más. Acostumbrábamos a reír con cada palabra estúpida que salía de nuestras bocas, y ahora ya no. Tenemos diferentes intereses. Antes, tampoco los compartíamos, pero no es lo mismo ahora. Es triste. Realmente lo es. Ahora pareciera que siempre trata de ponerme en el lugar donde el ridículo es el personaje principal para así tomar el lugar de la victoria y sentirse mejor. Extraño a esa vieja persona. Le extraño. Ya no toma nada en serio, ya no le preocupa nada. Ya no le preocupo. Siempre trata que le consideren mejor que los demás. Diría se considera mejor que la palabra “mejor.” Y no lo niego, quizás sí lo sea en algunas cosas. Pero ya no lo es más. Ya no es mejor que eso. Pienso, mientras al mismo tiempo trato de distraer mi mente, para no pensar en que pensaré la próxima vez que le vea pensar.

extraño

Algun día alguien me preguntó si realmente me gustaba lo que hacía o si hacía lo que me gusta. Nunca nadie me había hecho esa pregunta antes. Pero la verdad es que nunca creí que lo haría como lo hago. Se siente tan bien saber que no sólo a mí me gusta, sino también a ti. Se siente tan bien saber que cuando entre a mi bandeja de entrada las encontraré a ti y a tus miles de palabras sin sentido. Lo único que quiero, en serio, es rescatarte. Rescatarte de esa vida a la que te acostumbraste a vivir. Ayudarte a perdonar a esa persona que se hizo pasar por tu mejor amigo y aprovechó cada minuto a tu lado para herirte y a mí. Mientras yo, aquí. Lejos. Sin poder mirarte a los ojos en esos momentos de angustia y decirte: Me importas. Descubrir contigo el valor de todas las buenas cosas que esta vida nos entrega cada día. Podré ser joven, no rico porque no puedo pedirte nada solo que te tomes tu tiempo y me leas. No te fijes en mí. No me mires. Lo más atractivo de este cuerpo es su alma. Y de su alma, es el carboncillo y la libreta de notas que la acompañan. Libreta en la que anoto cada palabra que pienso podrá ayudarte a olvidar. Es curioso pensar que no sabes quien soy. Podría ser tu hermano, o tu hijo. Quizás esa tía abuela que no ves desde que tenías siete. O esa abuela que jamás conociste. No soy más que un extraño tomando un sorbo de su taza de té amargo en el café de la esquina. No esa; la otra. Tomando notas de la vida; no solo de la mía, de la de todos. Son las nueve menos cuarto de la mañana en un Domingo. Podría estar en la cama, pero decidí dejarte atrapada en mis sueños para, al menos allí, volverte a encontrar algún día. Y aquí estoy. Muy despierto, escribo: Me encanta

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la primera palabra

Hace unos días pensaba en qué escribirte en este correo sabiendo que recibes miles cada día y uno es más importante que el anterior. Pero dije porqué no escribir el mensaje que hace tanto tiempo te he querido enviar. En la semana vine conversando con una amiga sobre mi familia y de la razón por la que estoy ahora en donde me encuentro. Y mientras le contaba, me hizo una pregunta que más de un amigo me ha hecho:

Eres rico?

Y lo que vino a mi mente fue que nunca te agradecí oficialmente. Nunca te agradecí por ese apoyo incondicional y fuerzas que, junto con mi mamá, siempre me dan. Por las oportunidades que siempre me has intentado dar a pesar de las circunstancias. Por el esfuerzo que hiciste y haces cada día por siempre darnos lo mejor. Por los sacrificios que tuviste que hacer hace mucho tiempo para que nosotros tengamos goles y metas en esta vida. Gracias.

Gracias por hacerme reír siempre aún con la cosa más insignificante; de allí heredé el humor con el que hago sonreír a más de una persona cada día. Por las discusiones y algunos pleitos que hemos tenido, que de alguna manera me ayudaron a formar mi carácter y paciencia. Por no dejarme renunciar a mis sueños y por ayudarme a descubrirlos. Gracias.

Gracias por enseñarme a cuidar lo que es mío, y anhelar lo que quiero que sea. Por enseñarme las cualidades que, como padre, en algún momento tendré que cumplir. Por tu silencio. Silencio que muchas veces es provocado por tu distracción, pero muchas otras por que prefieres darle el paso a la sabiduría y no hacer comentarios. Gracias por enseñarme, con las experiencias que hemos vivido, a ser responsable; a cuidar el dinero y no malgastarlo así como a disfrutar de él como producto de la provisión de Dios; a ser independiente y a valerme por mí mismo; a hacer respetar mis creencias e ideologías como las de los demás; a confiar en mí mismo. Gracias.

Gracias por enseñarme que la familia es producto de Dios y que no hay nada capaz de separarla, solo nosotros mismos si lo permitimos. Gracias por todo pa. Gracias.

Gracias por las anécdotas que siempre me cuentas de tu pasado, que me ayudan a valorar muchísimo más la bendiciones con las que cuento. Gracias por siempre mostrarte fuerte ante nosotros, aún cuando te sientes débil o triste, sólo para que nos sintamos mejor. Gracias por esto. Por lo que tengo, por lo que he logrado y lo que conseguiré. Por los consejos que, aunque a veces un poco radicales y no los tomo en serio, terminan convirtiéndose en realidad. Gracias.

Es gracioso pensar que hace un tiempo me decían eres igualito a tu papá y yo lo negaba. Y puede que hayan algunas cosas que no compartamos del otro, pero es cierto: tú y yo somos idénticos y qué vamos a hacerle. Eres mi papá, la mayoría de cosas que sé, tú me las has enseñado. Y supongo los hijos son siempre parecidos cuando uno está siempre a su lado. Gracias por eso también. Gracias por estar siempre allí, aún cuando es difícil. Gracias por enseñarme a montar una bicicleta, a volar una cometa, a manejar, a vestirme. Cosas que muchos amigos no han tenido oportunidad de disfrutar con sus padres. Gracias por todo.

Los hijos son siempre la versión mejorada de los padres, y no porque sean mejores, sino que ustedes nos enseñan qué debemos hacer y qué no de acuerdo a sus experiencias. A no cometer los mismos errores. Y los nuestros serán una versión mejorada de nosotros mismos, porque todos tenemos oportunidad para crear nuestros propios errores. Gracias por enseñarme que a pesar de todo, lo más importante es ser feliz. Gracias por el amor y el cariño, la comprensión, la alegría. Por los abrazos, las palabras, los viajes, la  escuela, las lecciones. Gracias por todo. Gracias pa.

Y si aún quieres saber la respuesta que siempre doy a esa pregunta que me hacen: Sí, soy rico. Y en seguida cuento todo el porqué.

Sentir el olor de esa aventura podría hacerme experimentar la máxima satisfacción mientras intento recordar el olor de aquella crema que untabas en tu labios cortados por el frío de esa ciudad tan alta, mientras buscabas dentro de tu bolsa, esperando encontrar un par de monedas para intentar llamarme del público. Nunca fuiste fanática de los retratos, pero lo fuiste de la fotografía. Siempre decías que preferías disfrutar del paisaje que perder el momento para siempre. No llego al teléfono. No llego a contestar. Aquel recuerdo fue de once. Pero no logro recordar el aroma de esa crema, ni el tono de tu voz. Me asusta la idea de haberlos olvidado. Marcas de nuevo. Cuando contesto no hay sonido. Pero aún así tengo claro que ni ajenos somos a esos instantes que escribimos en esa calle cerca a la gasolinera. Todavía escucho canciones que me recuerdan tu silueta. Canciones solo con una voz en silencio. Nuevamente llamas. No estoy en casa. El sonido de cada instrumento confunde más mis sentidos. Me paralizo. Creo sentir tu perfume. Creo recordar algo. Oigo tu voz decir palabras cerca a mi oído. ¿Acaso eres tú?

cambió

Sin pensarlo. Sin dudarlo un segundo. Si valió la pena, solo él sabe. Pero cambió para no conformarse. Para no vivir en un mundo de sueños. Para no soñar con un mundo sin vida. La brújula señalaba al lado contrario. Entonces, por qué sucedió. Cómo las cuerdas se agotan. Se cansan, se maltratan. Lo mejor no es esperar a que se rompan mientras cantan, sino cambiarlas para que ese momento nunca llegue. Aún nuevas, fue siempre inoportuna. Llegó en el instante del remplazo, lo que hizo que su entrada triunfal sea en patines. Ella no consiguió nada; mas bien resbaló. El lo consiguió todo, o al menos es lo que él cree. Se da media vuelta y camina en dirección diagonal, cruzando la tercera calle más ancha de la ciudad donde lo esperan sus tres amigos y ella. No ella; la de la fotografía. Sí, su mejor amiga. Pero son sólo amigos o al menos eso es lo que dicen. Al llegar a casa suena el teléfono. “Hola?” – era ella. Pero no su voz, su respiración. El sonido de su aliento. Cuelga. Él está seguro. Pero ya lo hizo y no hay vuelta atrás. Cambió. Como cuerdas de guitarra lo hizo.

aroma a verano

Te siento cerca. Mi piel erizada entiende. Cada vez te aproximas más a mi alma. Te siento venir. Saliva recorre mi garganta porque recuerdo. Fue hace mucho tiempo. Es difuso, pero siento tu aroma. La cortadora corre sobre el jardín trasero del apartamento. Y aún así, las gotas de lluvia inundan las avenidas de esta ciudad adoptiva. Las limpian. Mientras tanto me encuentro inmerso en responsabilidades ajenas bajo esta tormenta. Cubierto por un paragüas muy similar al que mi abuelo le prestó a su hermano el día de San Telmo en la Plaza Mejía. Es lo suficientemente grande como para evitar que tres personas sean empapadas por la lluvia. Bajo el mío solo somos dos: Soledad y yo. Son las tres de la tarde. Llegamos veintiún minutos antes a su fiesta. Fuerte tormenta, pero siento su aroma. Su aroma a verano.

esa frase de ocho letras

Estar a su lado fue probablemente la mejor decisión que la naturaleza pudo haber tomado. Ni yo lo hice. Fueron momentos que siempre recuerdo. Quizás no siempre, pero cuando lo hago, sé claramente que no es más que eso. Un recuerdo. A veces mi corazón tiene conversaciones con la mente. Habla de lo interesante que era reírse con él de ella. Y cuando ríen, mis ojos escuchan sus risas. Se ponen blancos, pero porque miran hacia atrás. Hacia el pasado. Lapso de tiempo corto; mi mente no se lo permite. Y si se lo permite, sufren tanto que solos regresan a su lugar. Corazón y mente son conocidos; ojos, extraños. Como el primer día antes de las medias lunas, en el que él le envió un café mientras leía el segundo verso de la canción favorita de su mejor amigo. Ella desapareció y la bebida intacta quedó sobre la mesa del centro de la estación. Fría, amarga. Desde ese momento él supo que no eran más conocidos, sino extraños a punto de escribir una nueva historia. Historia que no querrían volver a compartir. Si alguna vez alguien la dijo, ella fue.