y yo aquí

Dos años después no encuentro mejor manera de encontrarte, que en uno de mis lugares favoritos de la ciudad. Entre ruidosas conversaciones, decido darte una oportunidad y escribir contigo una nueva historia. Ya había olvidado lo bien que me hacías sentir. Se me hace imposible dejar de pensar en aquellas memorias que compartimos, pero que solo yo recuerdo. Una gota de óleo color óxido cae sobre la servilleta de papel que tengo bajo la mano, en la que escribiste tu nombre junto a un peculiar corazón dibujado. Se parece a los corazones que dibujaba mi madre cuando yo tenía sólo ocho. Ella los llamaba corazones coquetos, casi como los que a veces creo que me mandas. Nos reencontramos para disfrutar, pero ya no disfruto. Ya no disfruto sabiendo que esos corazones me sorprenden por no saber qué pensar. Yo aprendí a ser lo que tú merecías aún cuando no estaba convencido si fueses tú quien, de la mano, me acompañaría en este viaje que duró tres temporadas y que el reloj continúa midiendo. Yo aprendí a consolarte, aún cuando sigo sin entender cómo actuar cuando veo a gente llorar. Por tí aprendí a volver a dibujar. Por tí decidí alejarme del cariño, para guardarlo solo para tí. No sé si sea tarde, nunca lo sé y tal vez nunca lo sepa. Siento que ya no somos capaces de darnos cuenta de lo que hay delante de nuestros ojos. Y yo aquí, fingiendo. Fingiendo ser tu amigo. Controlando mis ganas de besarte. Aún cuando las luces se apagan y no hay testigos de nuestros sentimientos. Dejo de escribir y escucho la conversación de un par de amigos ajenos a mi izquierda hablando de contratos y parejas, de casas y dinero. Del futuro. Al frente mío otros dos. No hablan. Distraídos en sus móviles, tratando de conectarse a un mundo que en realidad tienen delante de ellos, del cual se desconectan cada día más. Me detengo y pienso: Quizá esos seamos nosotros.

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